domingo, 20 de noviembre de 2011

LEYENDA DE CLEOPATRA




El mordisco de un áspid y adiós a la última reina de Egipto. La historia nos ha contado así el final de la mítica soberana, pero el relato está lleno de cabos sueltos. ¿Cómo pudo una serpiente de dos metros pasar inadvertida? ¿Por qué se suicidaron también las criadas? Hablamos con la investigadora Pat Brown. Ella ha reabierto el caso.

Durante dos milenios, la desaparición de Cleopatra ha actuado como una droga alucinógena en poetas, pintores, historiadores y dramaturgos, que han visto en su suicidio el mejor melodrama romántico de la historia.

La edulcorada versión de la muerte de la reina egipcia que ha pasado a la historia, escrita por Plutarco, afirma que Cleopatra, enloquecida por el dolor que le había producido el fallecimiento de Marco Antonio, envió a Octavio –el futuro emperador Augusto– una esquela sellada en la que le rogaba que le diera sepultura con su amante. Al leerla, Octavio comprende que se trata de una nota de suicidio y envía a sus guardias hasta la cámara donde está encerrada Cleopatra. El espectáculo que contemplan los soldados es desgarrador: la gran reina, la seductora de Julio César y Marco Antonio, regiamente adornada, yace muerta en un lecho de oro. Su criada Eira también está desvanecida a sus pies. Y Carmión, su otra ayudante, ya vacilante y torpe, le está colocando la diadema en la cabeza antes de exalar el último suspiro. Las tres mujeres se habían dejado morder por un áspid que había sido introducido en la cámara de la reina en una cesta de higos.



Plutarco, el autor de este relato, nació 75 años después de la muerte de la reina, así que tuvo que `inspirarse´ en relatos ajenos para trazar el suyo. Lo más probable es que sus fuentes fueran los testimonios de Olimpo, el médico de Cleopatra, y de Augusto, cuyas memorias no han llegado hasta nosotros. Pero su narración sería desestimada en cualquier tribunal de justicia moderno debido a sus contradicciones, inexactitudes y datos inverosímiles. Cualquier detective actual, con los datos en la mano, tendría claro que la muerte de la reina no fue un suicidio, sino un asesinato.



Así lo cree Pat Brown, una jurista estadounidense que se dedica a investigar delitos. Su especialidad son los asesinatos sin resolver y el último que ha estudiado es el supuesto suicidio de Cleopatra.

El primer dato analizado por Brown fue la nota de suicidio que la soberana envió a Octavio. ¿Es así como actúan los suicidas? La jurista es categórica: en absoluto. «Cuando una persona en esta situación escribe una nota –dice–, suele dejarla cerca de su cuerpo para que sea hallada tras su muerte. Lo que nunca hace es mandar un aviso a alguien para que acuda a salvarlo, ese proceder carecería de toda lógica.»



En segundo lugar figura el tema de la serpiente. Los expertos coinciden en que el viaje al otro mundo de Cleopatra tendría que haber sido con la cobra egipcia (Naja haje), una especie representada en los símbolos de la realeza de Egipto y cuya ponzona es una sustancia neurotóxica que bloquea el sistema nervioso. Primero, paraliza los párpados y los globos oculares; luego, los músculos faciales, la lengua y la garganta; después, el pecho y el estómago y, por último, sobreviene la muerte por asfixia. Es un método eficaz que apenas deja marcas, pero que, en contra de lo que sugieren los poetas, produce dolor y angustia.





Tomando estas realidades científicas como base, la historia de Plutarco empieza a hacer aguas. Falla, ante todo, en la secuencia temporal. Se conocen casos de muertes que han acaecido en un lapso de entre 15 o 20 minutos tras la mordedura de una cobra, pero lo normal es que el fallecimiento tarde más en producirse. En el caso de Cleopatra, cuando los guardas de Octavio llegan a la escena del suicidio (en cosa de minutos, según el biógrafo y ensayista griego), se encuentran muertas a la reina y a una de sus criadas, y a la otra, moribunda. Todo un récord de rapidez.

No es imposible, pero la probabilidad resulta remota. Y más lo es aún cuando se tiene en cuenta que las cobras, al morder, no siempre inyectan veneno. David Warrell, profesor de medicina tropical y enfermedades infecciosas en la Universidad de Oxford, estima que cuando una serpiente venenosa propina una dentellada, «sólo existe un 50 por ciento de probabilidades de que inyecte veneno». Además, que una serpiente muerda a tres personas no es imposible, pero las estadísticas vuelven a poner obstáculos casi insalvables para creerlo.

Para Pat Brown, otra incongruencia del relato de Plutarco reside en la actitud de las criadas. «Ellas tuvieron que oír los gritos de Cleopatra al ser mordida, ver a la reina soltar el animal y lanzarse ellas en pos del reptil –afirma–. Si reconstruimos mentalmente el crimen, ¿resulta creíble que tras presenciar semejante situación una de ellas sea capaz de apoderarse del animal para dejarse morder y entregárselo después a su compañera?»

Otro dato que nos conduce a la incredulidad es que cuando los hombres de Octavio llegaron a la estancia, la serpiente había desaparecido. «Cuando se comete un suicidio –admite Brown–, por regla general quedan dos cosas: un cuerpo y la herramienta que se ha utilizado, pues el muerto no ha podido deshacerse de ella. Eso sólo lo puede hacer alguien que acude después a la escena del crimen. En este caso, los hombres de Octavio hallaron los cuerpos de la reina y de sus dos criadas, pero los soldados aseguran que no vieron nada más. Y sin arma homicida, no hay ni asesinato ni suicicio.

Nada de lo dicho hasta aquí demuestra que la muerte de Cleopatra fuese un asesinato, pero esta larga lista de inexactitudes e improbabilidades hacen que el relato de Plutarco sea poco creíble. ¿Quién custodiaba a Cleopatra en el momento de su fallecimiento? ¿Quién se beneficiaba de su desaparición? ¿En quién se basó Plutarco para afirmar que la reina murió por la mordedura de un áspid? La respuesta a las tres preguntas es la misma: Octavio. Si eso no basta para sospechar de él, pensemos en lo que el futuro emperador hizo después: mató a Cesarión, el hijo de Cleopatra.

«Cuando se buscan los móviles de un crimen –dice Pat Brown–, hay que descubrir si tienen explicación. La reina poseía más motivos para seguir viva que para morir, mientras que Octavio Augusto sí contaba con razones para matarla.»
Los detractores de esta teoría sostienen que el romano hubiese preferido mantener a Cleopatra con vida para llevarla presa en su desfile triunfal por las calles de Roma, una práctica usual con los enemigos derrotados. ¿Por qué, entonces, se negó a darse ese gusto? A pesar de su enorme ambición, Octavio era frío, calculador y pragmático, y debió de deducir que tenía más que ganar con la muerte de la reina en Alejandría que exhibiéndola viva por la ciudad romana.
Para asegurarse su destino imperial, Octavio precisaba las riquezas de Egipto y el apoyo de su pueblo, respaldo que difícilmente podría obtener si su adorada reina, encarnación de la diosa Isis, era humillada en un desfile triunfal.
Su camino para convertirse en el emperador Augusto pasaba por eliminar a tres personas que oscurecían sus aspiraciones: Marco Antonio, su rival para hacerse con el poder absoluto del imperio romano; Cleopatra, que apoyaba a Marco Antonio y poseía la llave de Egipto; y Cesarión, el heredero del trono egipcio, nacido de la relación de la reina con Julio César, y único hijo del emperador con un derecho potencial sobre Roma y Alejandría. Uno a uno, los tres desaparecieron y, al parecer, los tres por mandato de Octavio.

Simular el suicidio de Cleopatra fue fácil: Octavio controlaba lo que bebía, lo que comía y a quienes la vigilaban. Su plan, culminado con la historia del áspid, era brillante, pero Brown le pone una pega: «En Egipto no había tradición de criadas que se matasen con sus amas. ¿Por qué lo hacen en este caso? Sencillamente, porque tenían que ser acalladas después de haber sido testigos de un asesinato».

Brown llega aún más lejos. Se cuenta que el criado de Marco Antonio también se suicidó. Pero ¿por qué no deducir que, como las sirvientas de Cleopatra, pudo ser testigo del crimen de su amo y que lo mataron para que guardara silencio? ¿Por qué no pensar en la posibilidad de que Antonio fuese acuchillado por los esbirros de Octavio y llevado por éstos muerto o moribundo al mausoleo donde permanecía Cleopatra para mostrarle que estaba acabada? «Esa indefensión en la que se encontró la reina al ver a su amante moribundo le habría permitido al futuro emperador averiguar el paradero de Cesarión, su tercera víctima», afirma Brown.

Al mismo tiempo, y para que no se le desencajasen las piezas, Octavio había iniciado su `campaña´ de intoxicación mientras Marco Antonio y Cleopatra aún estaban vivos. Gracias a las artes del futuro emperador en el marketing, Roma dejó de considerar a Marco Antonio un general valiente y victorioso, y pasó a verlo como un esclavo embrujado, trastornado por la lujuria y sometido por la prostituta egipcia.
Esa misma máquina de propaganda también es responsable de la versión de la muerte de la reina que ha llegado hasta nosotros a través de Plutarco. Los únicos testigos que sobrevivieron a la desaparición de Antonio, Cleopatra y sus criadas fueron los hombres de Octavio, los mismos que descubrieron la escena del crimen y que contaron que habían visto dos leves, apenas visibles, punturas en el brazo de la faraona muerta.

Cuando el biógrafo griego relató la historia de la muerte de Cleopatra, casi cien años después de los hechos, sólo dispuso de estos testimonios y de detalles de su propia cosecha para trenzar la historia. Pero Plutarco, que sabía que su narración estaba concebida para servir a los intereses de Roma, en su condición de historiador también dejó escrito en su libro un margen para la duda: «Así es como se dice que ocurrió este suceso».

Richard Girling



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CLEOPATRA
Plutarco en sus Vidas Paralelas, Antonio; capitulo XXVII: la describe así:

“Se pretende que su belleza, considerada en sí misma, no era tan incomparable como para causar asombro y admiración, pero su trato era tal, que resultaba imposible resistirse. Los encantos de su figura, secundados por las gentilezas de su conversación y por todas las gracias que se desprenden de una feliz personalidad, dejaban en la mente un aguijón que penetraba hasta lo más vivo. Poseía una voluptuosidad infinita al hablar, y tanta dulzura y armonía en el son de su voz que su lengua era como un instrumento de varias cuerdas que manejaba fácilmente y del que extraía, como bien le convenía, los más delicados matices del lenguaje“; “platón reconoce cuatro tipos de halagos, pero ella tenía mil.“

En cuanto a su carácter era impulsiva, espontanea, apasionada, diplomática, y constante en sus proyectos.

Y así cautivo a Antonio, y así lo describe Plutarco en sus Vidas Paralelas, Antonio: Capitulo XXV:

“el amor de Cleopatra, porque despertó e inflamó en él muchos afectos hasta entonces ocultos e inactivos, y si había algo de bueno y saludable con que antes se hubiese contenido lo borró y destruyó completamente. El enredarse en él fue de esta manera: Habiendo de emprender la guerra Pártica, le envió orden de que pasara a verse con él en la Cilicia, para responder a los cargos que se le hacían sobre haber socorrido y auxiliado largamente a Casio para la guerra. Delio, que fue mensajero, luego que vio su semblante y en sus palabras descubrió su talento y sagacidad, al punto se impuso de que Antonio no haría mal ninguno a una mujer como aquella, sino que más bien sería, desde luego, la que privase con él. Conviértase, pues, a obsequiar y ganarse aquella egipcia persuadiéndola, según aquello de Homero, a que fuera a la Cilicia “compuesta y adornada”, y no temiera a Antonio, que era el más dulce y humano de todos los generales, Creyó Cleopatra a Delio, y conjeturó por César y por el hijo de Pompeyo, a quienes siendo todavía mocita había tratado, que le había de ser muy fácil el apoderarse de Antonio, porque aquellos la habían conocido de muy joven y sin experiencia de mundo, y a éste iba a verle en aquella edad en que la belleza de las mujeres está en todo su esplendor y la penetración en su mayor fuerza. Previno, pues, dones, riquezas y adornos, cuales convenía llevase yendo a tratar grandes negocios de un reino opulento, y, sobre todo, puso en sí misma y en sus arterias y atractivos las mayores esperanzas; y así emprendió su viaje.
10 de Agosto del 30 a de C,. Muerte de la Reina Cleopatra




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